Actualmente es doloroso aceptar que en este campo, como en muchos otros, los tiempos corren y nos alcanzan y que es necesario hablar de la verdad no únicamente sobre la vida sexual, sino todo lo que abarca la sexualidad o, por el contrario, da lo mismo y lo mejor es vivir de acuerdo con esos cinco criterios de la cultura light: el hedonismo, el consumismo, la permisividad, el relativismo y el materialismo, que no hacen otra cosa que destruir lo más humano del hombre y lo dejan a merced del oleaje del momento donde mucho tenemos que ver nosotros mismos. Todos estos aspectos forman un mosaico que, al irse instalando en el interior de la persona, la vuelve ligera, liviana, sin norte, con una marcada ausencia de remitente y de referente. Esta falsificación del encuentro interpersonal, este acelerado y veloz principio de una libertad sin fronteras es pura demagogia y termina por darle la espalda a toda norma sometiéndose a la peor de las servidumbres. El envilecimiento ciega; por ello no podemos descubrir el paisaje que se oculta detrás de una sexualidad psicológicamente sana, construida sobre el amor y los sentimientos, el compromiso y la búsqueda del bien propio y del otro.
En cada cosa o persona existe una jerarquía de verdades. La verdad ilumina la inteligencia y dilata la libertad. La verdad sobre la sexualidad descansa en dos principios esenciales: debe ser el idioma del amor, modo de expresión de los sentimientos y afectos y la forma de encuentro profundo y comprometido, lleno de intensidad, misterio y placer. En una sociedad desorientada como la nuestra, hay mucha gente perdida que debe intentar encontrarse a sí misma para alcanzar un cierto equilibrio psicológico. Reitero: "cuando sexo y amor van unidos, esa relación se enriquece; cuando van separados, se empobrece". Estamos en la era donde impera la facilidad para obtener la mayoría de las cosas. Parece como si muchos de los temas más sólidos se desvanecieran en el aire. Estamos viviendo en una etapa que yo llamaría de enfermedad de los vínculos. En medio de la crisis reinante, en ese no saber a qué atenerse, aflora un nuevo ideal, voluble, trivial: no vincularse seriamente a nada. Así, se aligera de peso la existencia y se convierte en algo vago, impreciso, ambiguo, de perfiles borrosos, en la que todo se vale con tal de que apetezca o simplemente te parezca bien. Por lo que forzosamente surge una cultura psicológicamente enferma, obsesionada con el sexo.
Una sexualidad sana hace a la persona más libre y valiosa, porque la llena de sentido y la orienta hacia una vida más plena, rica y auténtica. Se dan con esto dos hechos claves: la capacidad para encontrarse de verdad con alguien y la no instrumentalización del otro como puro objeto de placer. Es decir, se fomenta el descubrimiento del otro, lleno de misterio, generosidad, alegría y comprensión. Es interesante contemplar y además aceptar que hoy somos bastante expertos en tecnología e información de punta en las diferentes ramas, pero analfabetos (respetuosamente, pero consciente), en temas humanos. Existe mucha demagogia e ignorancia en esta búsqueda de la verdad. Como decía Bertolt Brecht, "o digo la verdad o mejoro la hipocresía". La frase anterior puede confundir a quien no tenga claras sus expectativas e irse por lo que le proporcione mayor comodidad. Lo que sí puedo asegurar es que a lo anterior no escapa ni el amor, ni la sexualidad, lo que me permite manifestar que el amor es el motor, que hace la gran diferencia en nuestro actuar. Considerando que deben existir factores relacionados con la madurez de los involucrados, y que deberán demostrar de acuerdo con la formación que tuvieron de sus padres incluyendo su escala de valores y el afán que manifiesten para promover el bien común. Por fortuna siempre existe algo que contrarreste un poco lo abrupto de algún comentario. Stendhal, experto en el área, dijo: "El hombre que no ha amado apasionadamente ignora la mitad más hermosa de la vida". La sexualidad humana es mucho más que un simple juguete para que el hombre se divierta, la pase bien y nada más. Qué duda cabe: el sexo tiene un fondo lúdico, de placer intenso, pero la visión antropológica va más allá de su consideración como objeto.
Por todo esto una gran mayoría nos preguntamos dónde está la clave para llevar una sexualidad sana, verdadera y placentera. Los estudiosos de este tema, entre ellos el Dr. Enrique Rojas y en lo que yo coincido con él, dicen que consiste en integrar la sexualidad en el conjunto de la persona para llegar a un concepto totalizador del hombre. Si la sexualidad no es totalizadora, cada una de sus partes va libre y no tiene conexiones con las demás. El arte de captar el valor de la sexualidad es hablar del amor como lo debe hacer todo ser humano. Y así se entiende la importancia de saber guardar el corazón cuando está comprometido, de disciplinar los sentidos y las pasiones para lograr el autodominio de la afectividad.